Aarón Rueda

                        Poemas de los Poetas

Waldo Leyva (Cuba)

-Asonancia del tiempo-


Si ya no estoy cuando resulte todo,
cuando el tiempo en que vivo ya no exista,
cuando otros se pregunten si la vida
es el triunfo del hombre, o es tan solo

un perenne comienzo, un grito sordo,
un rasguño en la piedra, la porfía
inútil del abismo, pues la cima
puede llamarse altura porque hay fondo.

Cuando todo resulte sólo quiero
que alguien recuerde que al fuego puse
mi corazón, el único que tuve,

que yo también fui un hombre de mi tiempo,
que dudé, que confié, que tuve miedo,
y defendí mi sueño como pude.

Roberto Arizmendi (México)

 
-El reto de la vida-
Para Robiro y Emerio
 
No seremos después los mismos que antes
porque al comprometer las manos para construir el mundo
le dimos sentido al porvenir,
a ese futuro incierto que estamos construyendo
con cada pensamiento renovado
con cada acto de amor
y cada palabra que nos descubre el universo.
La historia dirá si pudimos pulir a tiempo la piedra
en su exacta dimensión y su textura
para edificar de otra manera nuestra casa
y dibujar linderos distintos al horizonte establecido
o dejamos que las horas se llevaran para siempre el sueño
incapaces de doblegar inercia, adversidad y circunstancia.
El tiempo dirá si hicimos historia o sólo repetimos.

Brígido Redondo (Campeche)

-Décima-

Vino la décima un día 
de más allende del mar,
trajo un río en su cantar
y en su cantar la alegría.
Aquí encontró algarabía,
justificada razón
y la precisa ocasión
de amoldarse con su canto
a tanto motivo tanto...
que ya es mucha su canción.

Ciprían Cabrera Jasso (Tabasco)

 

 

 

 

 -La Trémula vela que alumbró tu Adiós-

 

Sobre la calle, asfaltada y húmeda,

Se esfuman tus pasos abuela.

Y hoy pienso que sólo queda de ti el abandono

De tu jardín de flores y de granadas,

El pasillo desnudo

Sin la foto de tu padre italiano y de tus hijos y sobrinos

De pie junto al genovés

Que enloqueció con los espíritus que invocaba.

 

Levanto la trémula vela que alumbró tu adiós

Y que fue señal de tu último silencio.

 

En murmullo te digo, porque sé que me escuchas,

“Ya nada queda como entonces, abuela,

Tu cabellera blanca

Se desmorona en la tierra oscura,

Tus nietos hemos crecido y procreado

Y en tu casa, que ya no es tu casa,

Aún se escuchan tus pasos sigilosos,

Tus dedos de pianista sobre invisibles teclados

Y tu lengua impregnada de olvidos,

De nombres que nos dabas sin ser los nuestros”.

 

Yo sé que tu embolia murió junto conmigo y ya sanaste,

Que mantienes largas pláticas con los ángeles.

 

Les preguntarás hijos de quiénes son, dónde viven,

Si tienen apellidos ilustres o comunes,

Si son del cielo o de la tierra,

Si sus padres también vuelan,

Si sus manos transparentes son herencia de sus abuelos

O de otro miembro de la familia.

 

En el sitio donde ahora te encuentras

Estarás con tus hijos y con mi abuelo

Y los llamas por sus nombres

/Porque recuperaste la memoria,

Porque ya no hay olvidos,

Porque no hay embolias

Ni enfermedades

Y uno no se muere de muerte alguna.

 

Antonio Leal (Quintana Roo)

-Tigre-


                                                                                                       Para el poeta Jaime Labastida

En el adytum de su cueva
el jaguar ventea
el erial donde - en el trópico –

la selva ciega
con imposibles bejucos
todos los caminos,

con tupidos silencios
que sólo oírlos duele,
con semillas de miedo

que dondequiera crecen,
con sofocantes olas
de un maremágnum verde.

En el lenguaje de su piel,
como un mandala,
como una pandorga que vuela

ornada de eclipses
que van rumbo
a otras constelaciones estelares,

transcurre la noche
que muere en manos del día.
En el trasiego de las horas

vela sus zarpas,
les devuelve suavemente el nácar a lamidas,
su lengua salvaje les da un guiño de ternura.

Sacerdote tigre
con mirada de basalto,
su linaje es del tiempo

de las piedras solares;
de estuco es su memoria
que guardan las estelas;

de chilam es su rostro,
de balam su máscara;
su nombre está en la raíz

de los libros de piedra.
Con babeante molicie
restaña una a una

sus heridas de viaje.
Oficiante divino,
augur de las chivalunas,

él es quien recibe
el cuerpo de la víctima
que pierde en el pok-ta-pok

la vida,
y luego, como un avatar,
desciende exacto al vivo fuego del infierno.