
-Asonancia del tiempo-
Si ya no estoy cuando resulte todo,
cuando el tiempo en que vivo ya no exista,
cuando otros se pregunten si la vida
es el triunfo del hombre, o es tan solo
un perenne comienzo, un grito sordo,
un rasguño en la piedra, la porfía
inútil del abismo, pues la cima
puede llamarse altura porque hay fondo.
Cuando todo resulte sólo quiero
que alguien recuerde que al fuego puse
mi corazón, el único que tuve,
que yo también fui un hombre de mi tiempo,
que dudé, que confié, que tuve miedo,
y defendí mi sueño como pude.

-Décima-
Vino la décima un día
de más allende del mar,
trajo un río en su cantar
y en su cantar la alegría.
Aquí encontró algarabía,
justificada razón
y la precisa ocasión
de amoldarse con su canto
a tanto motivo tanto...
que ya es mucha su canción.

-La Trémula vela que alumbró tu Adiós-
Sobre la calle, asfaltada y húmeda,
Se esfuman tus pasos abuela.
Y hoy pienso que sólo queda de ti el abandono
De tu jardín de flores y de granadas,
El pasillo desnudo
Sin la foto de tu padre italiano y de tus hijos y sobrinos
De pie junto al genovés
Que enloqueció con los espíritus que invocaba.
Levanto la trémula vela que alumbró tu adiós
Y que fue señal de tu último silencio.
En murmullo te digo, porque sé que me escuchas,
“Ya nada queda como entonces, abuela,
Tu cabellera blanca
Se desmorona en la tierra oscura,
Tus nietos hemos crecido y procreado
Y en tu casa, que ya no es tu casa,
Aún se escuchan tus pasos sigilosos,
Tus dedos de pianista sobre invisibles teclados
Y tu lengua impregnada de olvidos,
De nombres que nos dabas sin ser los nuestros”.
Yo sé que tu embolia murió junto conmigo y ya sanaste,
Que mantienes largas pláticas con los ángeles.
Les preguntarás hijos de quiénes son, dónde viven,
Si tienen apellidos ilustres o comunes,
Si son del cielo o de la tierra,
Si sus padres también vuelan,
Si sus manos transparentes son herencia de sus abuelos
O de otro miembro de la familia.
En el sitio donde ahora te encuentras
Estarás con tus hijos y con mi abuelo
Y los llamas por sus nombres
/Porque recuperaste la memoria,
Porque ya no hay olvidos,
Porque no hay embolias
Ni enfermedades
Y uno no se muere de muerte alguna.

-Tigre-
Para el poeta Jaime Labastida
En el adytum de su cueva
el jaguar ventea
el erial donde - en el trópico –
la selva ciega
con imposibles bejucos
todos los caminos,
con tupidos silencios
que sólo oírlos duele,
con semillas de miedo
que dondequiera crecen,
con sofocantes olas
de un maremágnum verde.
En el lenguaje de su piel,
como un mandala,
como una pandorga que vuela
ornada de eclipses
que van rumbo
a otras constelaciones estelares,
transcurre la noche
que muere en manos del día.
En el trasiego de las horas
vela sus zarpas,
les devuelve suavemente el nácar a lamidas,
su lengua salvaje les da un guiño de ternura.
Sacerdote tigre
con mirada de basalto,
su linaje es del tiempo
de las piedras solares;
de estuco es su memoria
que guardan las estelas;
de chilam es su rostro,
de balam su máscara;
su nombre está en la raíz
de los libros de piedra.
Con babeante molicie
restaña una a una
sus heridas de viaje.
Oficiante divino,
augur de las chivalunas,
él es quien recibe
el cuerpo de la víctima
que pierde en el pok-ta-pok
la vida,
y luego, como un avatar,
desciende exacto al vivo fuego del infierno.